
Pequeñas centrales hidroeléctricas rompiendo el mito de las falsas energías verdes
El plan de transición energética del Ministerio de Minas de Colombia hacia 2050 incluye un enfoque en las Pequeñas Centrales Hidroeléctricas (PCH), consideradas más sostenibles debido a su menor escala y a la ausencia de grandes embalses. Las PCH tienen la clasificación como fuentes de energía "respetuosas con el medio ambiente", a pesar de sus impactos ambientales y socio-ecológicos. Siguiendo la COP-16 en Cali, ¿cómo acceder a la transición justa que respete la biodiversidad y el derecho de las comunidades a la libre determinación en los territorios donde se desarrollan estos proyectos?
Aunque no existe una definición estándar de Pequeñas Centrales Hidroeléctricas (PCH), la mayoría de estas infraestructuras se construyen "a filo de agua", generando energía a partir del flujo natural de los ríos, lo que se presenta como un sistema de bajo impacto ambiental (Baird et al., 2024). Sin embargo, esta narrativa minimiza los riesgos ambientales, que pueden ser tan significativos como los de las presas tradicionales. Llamar a la PCH energía "verde" enmascara su verdadero impacto, sirviendo como una estrategia de "lavado verde" para las empresas que evitan tomar medidas ambientales efectivas. Las evaluaciones que consideran solo los impactos a corto plazo a menudo ignoran los efectos acumulativos a largo plazo sobre los ecosistemas. Si bien la descarbonización es crucial, evaluar el impacto real de estos proyectos es esencial para evitar promoverlos únicamente en función de sus bajas emisiones de CO2.
Crisis de la biodiversidad
La construcción de PCH altera los ecosistemas acuáticos al desestabilizar el terreno y afectar los acuíferos subterráneos a través de explosiones de infraestructura. Además, las PCH obstruyen las rutas de migración de los peces, impidiéndoles llegar a los lugares de desove, fragmentando las poblaciones y dañando hábitats críticos. La mortalidad de peces juveniles también es común debido a las turbinas, dependiendo de la especie y el tipo de tecnología utilizada (Baird et al., 2024).
Fluctuación del flujo
A pesar de depender del flujo natural, algunas PCH generan fluctuaciones significativas que alteran el transporte de sedimentos, la calidad del agua y el ciclo de nutrientes, afectando a los ecosistemas fluviales. Los proyectos en las cuencas altas pueden desviar el agua en tramos de al menos 1 km, provocando inundaciones en la temporada de lluvias y sequías en la temporada seca, afectando tanto a la agricultura local como a la supervivencia de las especies. Esta alteración hace que el ecosistema local sea más vulnerable al cambio climático y a las variaciones estacionales, afectándolo a largo plazo.
Impactos en las comunidades
Las alteraciones de los ecosistemas fluviales por parte de las PCH tienen un impacto directo en las comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas que han habitado históricamente estos territorios. La pérdida de la vegetación ribereña y la reducción de los peces pueden afectar sus medios de vida y su soberanía territorial y alimentaria. Además de mercantilizar el río, las PCH también alteran las prácticas culturales y espirituales que conectan a las comunidades con los ríos. Por lo tanto, la resistencia a las PCH no es solo una demanda ambiental, sino también una lucha por los modos de vida campesinos, indígenas y afrodescendientes y una exigencia de autonomía territorial.
Como alternativa a las PCH, los responsables políticos deberían promover soluciones energéticas descentralizadas y comunitarias, como la energía solar y los biodigestores, que protejan la biodiversidad y respeten los derechos de libre determinación. Los ejemplos presentados aquí demuestran que es posible un modelo energético de bajo impacto que respete a las personas y al medio ambiente y vaya más allá del mito de la "energía verde".
Soluciones comunitarias
Varias iniciativas en América Latina, como las que se muestran en la exposición Experiencias Comunitarias de Transición Justa (2024), ofrecen soluciones de bajo impacto que fortalecen el derecho de las comunidades a la libre determinación y la protección de sus entornos.
Plantas medicinales con energía solar: El proyecto "Vivero de las Mujeres de Roble" en Valle del Cauca, Colombia, liderado por mujeres afrodescendientes, utiliza energía solar para regar plantas medicinales, protegiendo los ecosistemas fluviales y promoviendo una agricultura sostenible.
Biodigestores para energía descentralizada: La "Red de Usuarios de Biodigestores" en Chiapas, México, produce biogás a partir de residuos orgánicos, reduciendo la dependencia de la leña y los combustibles fósiles, además de generar biofertilizantes para la agricultura. Los biodigestores también generan biofertilizantes para la agricultura local, reduciendo la degradación ambiental.